Mirtadog Millionaire

Mirtadog Millionaire

Si hubiera estado en el programa de Susana, jugando a “Salven el Millón“, y me hubieran preguntado  cual de las siguientes respuestas era verdadera:

#George Clooney  se viene a vivir a Varela al 1000 (lo que vendría a ser enfrente de mi casa, justo para que lo mire por la ventana)

#Las manchas de crayón se remueven al frotar sobre ellas un cepillo embebido en jabón.

Habría apostado todo el dinero a que lo tenía al Clooney de vecino. Y, por supuesto, lo habría perdido todo.

Ayer  la Patrona vino a casa y me trajo mi campera blanca. Estaba impoluta, no quedaban rastros del dibujito de su hijo.  Resulta que las manchas de témpera son las que no salen, pero las de crayón si.

-¡Viste Mir!-canchereó la Patrona- si yo te digo que es “Navidad”, vos apretá el pomo-

( ¿Hacía falta que me refregara mi equivocación en la cara? No. Pero ya no me  molesta porque secretamente me vengué. La  pifió con el dicho: el pomo se aprieta en Carnaval,  no en Navidad. Y no se lo comenté, la dejé que vaya por la vida diciéndolo mal.)

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Plumeros en la ciudad

La Teresa dice que  El Entrerriano se equivoca, que nosotras tenemos bastante en común con  las de Sex and the City.  Su principal argumento es que somos dos mujeres viviendo  solas en una gran ciudad. Ella, una divorciada que no deja de creer  que en algún lugar la aguarda el marido perfecto, se identifica con Charlotte. A mi me “ve” más parecida a Miranda.  Me define como un caramelo ácido que atrae a los hombres más dulces, y si embargo se rehúsa a casarse con ellos.

 Puede ser.

Excepto por algun pequeño detalle. Lo de  “vivir solas en la ciudad” es un poco agarrado de los pelos: ella tiene a sus padres y a sus 3 hijos; yo cuento con mi hermana y a la tíabuela. Y además , en lugar de una birkin bag, nosotras sostenemos un plumero.

Pensándolo bien,  nada tiene que envidiar el plumero. ¿Acaso las carteras despiertan fantasías?…

Sexo, Médicos y Caos

Ya que estuve todo el finde en cama, por culpa de la varicela, miré un montón de televisión y series y películas en cuevana.

Me di una panzada de Sex and The City.  El Entrerriano me chicanea conque no me puede gustar tanto esa serie,  si mi vida tiene poco y nada en común con la de Carrie Bradshaw y sus amigas.  Yo no encuentro  que es lo que tanto lo emociona al ver a 22 tipos correr detrás de una pelota, y sin embargo no se lo cuestiono.

También me entretuve con unos cuantos capítulos de Dr. House. Me resultó algo reconfortante ver sufrir a sus pacientes de enfermedades raras y potencialmente mortales. Eso hizo que mi varicela pareciera menos feroz. Los pacientes de Dr.  House necesitan del servicio a destajo de una multitud de expertos que terminará indicando siempre lo mismo: corticoides. Hacen como mi mamá, que pretende curar todo con caldo de gallina.

Lo que jamás pensé que iba a ver era a mi Patrona, la psicopedagoga, en el canal Mujerísima. Entre un programa de pastelería y otros de manualidades, aparecio ELLA hablándole a las madres sobre la importancia de enseñarles a los hijos a ser ordenados. No me cae simpática la difusión de ese concepto: es contraproducente para mi oficio (las madres de niños ordenados necesitan menos ayuda para limpiar sus casas).  Por suerte  la naturaleza (como bien lo explicó el Dr.  Ian  Malcom en Jurasic Park) tiende al caos, que genera más trabajo para las que nos dedicamos al servicio doméstico.

Un  saludito a mi Mami, que prepara el mejor caldo de gallina.
Estoy mejorando. Ya me están empezando a salir cascaritas.  Muchas gracias a todos  los que se preocuparon por mi salud. 

Loca, rabiosa y todas las Shakiras juntas.

Estoy haciendo pacientemente la fila en la caja del supermercado.  La señora que está adelante de mí me dice que va a buscar bananas y me pide que le “cuide” su lugar en la cola.  Está bien, accedo.

Ha de estar trepándose a una palmera para bajar las bananas, porque está por llegar  su turno y no aparece.  Mientras el señor que está siendo atendido va pasando sus últimos productos, yo aparto el chango de la clienta ausente y tomo su lugar (no voy a esperar a que la doña regrese de Brasil).  La cajera se encoge de hombros  y me advierte que en caso de controversia ella se lavará las manos como Poncio Pilatos.

Comienzo sacar mi compra del chango para ponerla sobre la cinta.  Cuando la cajera está agarrando mi primer artículo,  aparece La Ausente. Trae un cacho de bananas machucadas (¿para elegir eso tardó tanto?). La cajera queda como congelada  sosteniendo un  paquete de papel higiénico en la mano. Me mira a mí, la mira a la ausente, y no emite palabra.  La que habla soy yo

Lo siento señora, usted tardó demasiado. Ahora va a tener que esperar a que yo termine.-

(Intuyo el acabose… La otra se enfurece, empuja violentamente mi chango y revolea mis cosas. Yo reacciono con mayor violencia y le doy una cachetada. Nos agarramos de los pelos. La cajera llama  a los gritos a seguridad. Nos separan, mientras continuamos  insultándonos. Terminamos  pasando la noche en la comisaría)

Está bien.- contesta La Ausente con un dejo de cansancio en su voz.

Hice mis compras  sin contratiempos y llegué a tiempo a casa para ver la novela.


El Diablo viste a la Mirta

Escuché un ruido en el living y fui corriendo a ver que había pasado. Resultó que se vino a bajo el perchero que estaba atornillado en la pared contigua a la puerta de entrada. ¡Claro! ¿Como no iba a pasar eso, si estaba atiborrado de ropa y de bártulos?

Me puse a levantar todo lo que quedó desparramado por el piso.

Estaba yo sosteniendo un tapado y una cartera cuando  súbitamente me  sentí Miranda Priestly, la despótica editora en jefe de la revista Runway  (¿vieron “El Diablo viste a la moda“?).  Arrojé el tapado y la cartera  sobre la mesa ratona,  como hacía Miranda. Pero, a diferencia de lo que le sucedía en la película, ninguna empleada temerosa se encargo de guardarlos prontamente.

Quien sí se acercó fue la perrita Blacky.  Olisqueó todo, hasta que le hice un gesto para que se vaya.